Vestigios & Heautontimorumenos
Humareda:
https://youtu.be/0oVkGdxVD4k?
El Vicio o el Vacio:
https://youtu.be/csvF79Ms7n8?
El Inmortal:
https://youtu.be/tTxDccf2W0g?
HEAUTONTIMORUMENOS:
GENEALOGÍA DE UNA PALABRA
Por: Eduardo Chirinos
Uno nunca sabe el modo en que las palabras construyen en nosotros su propia historia. Esta noche (porque supongo que es de noche) nos convoca una de las palabras más extrañas que ha dado título a un libro de poemas en el Perú. Como muchos de ustedes, yo también leí la invitación a esta fiesta por correo electrónico, y mi primer impulso fue enviarle a Miguel Ildefonso un mensaje para felicitarlo y contarle de mi afecto por esa palabra que leí por primera vez en un ensayo de Sartre sobre Baudelaire, cuando era estudiante de Letras. El peso de esa palabra tan larga y sonora sedujo a Horacio Morell, quien escribió con ella un epigrama en el que también hay pájaros y sueños muertos. No podía saber que esa palabra ya me había visitado años atrás sin que me diera cuenta: leyendo estos poemas de Miguel Dante (no sé cómo lo llaman en la intimidad sus amigos, a mí me gusta juntar su nombre de arcángel con el del huésped del infierno) regresé a las aulas escolares, donde un profesor de literatura se atrevió a leernos en voz alta el primer párrafo de El sentimiento trágico de la vida de otro Miguel apellidado Unamuno. Aunque fuera en latín, la primera frase se me quedó grabada para siempre: "Homo sum; nihil humani a me alienum puto, dijo el cómico latino". Con el tiempo convertí esta frase en una suerte de divisa personal, con un pequeñísimo, pero sustancial cambio: "escribo poemas, y nada de lo que es humano me es ajeno". Lo que no sabía, hasta minutos antes de redactar estas líneas, era que el cómico latino no era otro que Terencio, y que la frase citada venía de su Heautontimoroumenos, publicado el año 163 a.C.
Inspirado
en la Comedia Nueva Ateniense, el africano y ex–esclavo Publio Terencio
escribió no más de seis comedias, y su Heautontomoroumenos fue traducida como "el
verdugo de sí mismo", "el que se autoatormenta", o, más
literariamente, "Comedia del autocastigo". Se trata de la versión
latina de una obra de Menandro cuyo original hemos perdido, no así el espíritu
de su héroe: un personaje incapaz de sacudirse de la culpa que le impone su
conciencia, aquella que demanda el castigo autoimpuesto y el equilibrio de una
moral sin fisuras. Pues bien, en el año 1821 —mientras lo peruanos celebrábamos
nuestra ilusoria y siempre precaria independencia— Baudelaire escribía en París
la primera versión de "Heautontimoroumenos". ¿Se trataba de una nueva
versión de la justicia moral propuesta por Terencio? Para quien conozca el
poema de Baudelaire la pregunta es inquietante, pues nos obliga a considerar el
autotormento no como un acto correctivo, sino como un acto que se afirma en su
propia negatividad: el acto de escribir poemas. Como nadie, Baudelaire supo que
esta escisión definía fatalmente al poeta moderno:
En mi voz está su grito,
mi sangre es su antiguo veneno;
en mí esa furia se contempla,
pues yo soy su siniestro espejo.
Yo soy la herida y el cuchillo,
la mejilla y el bofetón;
soy los miembros y la rueda,
soy la víctima y el sayón.
En una
prosa de El minutero titulada "la última flecha", el mexicano Ramón
López Velarde se hace eco de estos versos de Baudelaire y dice: "Nuestra
última flecha será milagrosa, porque seremos tan veloces que alcanzaremos a
dispararla y a recibirla, desempeñando, en un solo acto, el flechador y la
víctima". No encuentro mejores palabras para definir el acto que supone la
publicación de este nuevo libro de Miguel Ildefonso. Pero mientras Baudelaire
se pregunta si acaso "no es un falso acorde / en la divina sinfonía /
gracias a la voraz ironía / que lo zarandea y lo muerde", Miguel Dante
—nuestro contemporáneo— asume sin dramatismo que somos una mancha, un agujero
incómodo en el apagado ritmo del universo. Pero asume también que esa mancha es
precisamente lo que nos redime:
Aquí estás / aquí estoy,
por cada fracción de segundo una mancha nos despierta,
nos hace ver el crimen horrendo
(en el balcón inclinado la tuve coronada de nenúfares
era nuestro tiempo
la mañana de 1987 en que escribí mi primer poema).
Que el uso
del plural no nos conduzca al error: aquí no habla una voz con voluntad
representativa, sino una voz que dialoga con ese otro que es todos y nadie, ese
otro que nos trasciende y nos obliga al tormento de cargar con nuestro pasado y
nos recuerda, con fechas incluidas, el origen de nuestra falta. Ni evasión
estética, ni ausencia de compromiso: el heautontimoroumenos se sabe escindido
en su lacerante multiplicidad y se somete "a las catecúmenas /
elucubraciones / lavafrutas / por donde la palabra huye". Tal vez estos
versos funcionen como una poética de este libro donde hasta la relación amorosa
se reviste de la escisión que nos obliga a dialogar con ese otro (u otra) que
nos habita y atormenta. Así ocurre en el hermoso poema "soledad de dos",
donde el deseado cuerpo al que se aferra el hablante para sobrevivir al
naufragio no es otro que la dolorosa mancha destinada a redimirnos. Aunque esté
dormida ella lo sabe y no descansará hasta hacernos saber (como a Baudelaire, a
Terencio y a Miguel Dante) que finalmente somos seres humanos, y que nada de lo
que es humano nos puede ser ajeno.
SOLEDAD DE DOS
Yo me aferraba a su cuerpo para
salvarme de mi naufragio
sin que ella se diera cuenta.
Ella de espalda a mí, su cabello recibía la luz de la calle
que entraba por la ventana.
Yo la miraba largamente y a veces
lloraba,
otras veces besaba sus cabellos
y todo aquello sin que se diera cuenta ella.
Respiraba la piel de su clavícula sin hacer ruido,
colocaba mi brazo por su cadera, ella se movía un poco,
flexionaba una pierna o movía ligeramente la cabeza emitiendo un gemido
como de aves blancas.
Ella dejaba que yo hiciera todo lo
posible para salvarme de mi naufragio
con la única condición de que no la despertara.
Y así era hasta el amanecer; yo llegaba a la bahía
y desde ahí con el sonido del agua la veía alejarse sin prometerme nada.
Eduardo Chirinos
Missoula, 15 de diciembre de 2005
(Leído en la presentación del libro de poesía HEAUTONTIMOROUMENOS de Miguel Ildefonso. Jakembo Editores, Asunción, Paraguay. 2005)
GENEALOGÍA DE UNA PALABRA
Uno nunca sabe el modo en que las palabras construyen en nosotros su propia historia. Esta noche (porque supongo que es de noche) nos convoca una de las palabras más extrañas que ha dado título a un libro de poemas en el Perú. Como muchos de ustedes, yo también leí la invitación a esta fiesta por correo electrónico, y mi primer impulso fue enviarle a Miguel Ildefonso un mensaje para felicitarlo y contarle de mi afecto por esa palabra que leí por primera vez en un ensayo de Sartre sobre Baudelaire, cuando era estudiante de Letras. El peso de esa palabra tan larga y sonora sedujo a Horacio Morell, quien escribió con ella un epigrama en el que también hay pájaros y sueños muertos. No podía saber que esa palabra ya me había visitado años atrás sin que me diera cuenta: leyendo estos poemas de Miguel Dante (no sé cómo lo llaman en la intimidad sus amigos, a mí me gusta juntar su nombre de arcángel con el del huésped del infierno) regresé a las aulas escolares, donde un profesor de literatura se atrevió a leernos en voz alta el primer párrafo de El sentimiento trágico de la vida de otro Miguel apellidado Unamuno. Aunque fuera en latín, la primera frase se me quedó grabada para siempre: "Homo sum; nihil humani a me alienum puto, dijo el cómico latino". Con el tiempo convertí esta frase en una suerte de divisa personal, con un pequeñísimo, pero sustancial cambio: "escribo poemas, y nada de lo que es humano me es ajeno". Lo que no sabía, hasta minutos antes de redactar estas líneas, era que el cómico latino no era otro que Terencio, y que la frase citada venía de su Heautontimoroumenos, publicado el año 163 a.C.
mi sangre es su antiguo veneno;
en mí esa furia se contempla,
pues yo soy su siniestro espejo.
la mejilla y el bofetón;
soy los miembros y la rueda,
soy la víctima y el sayón.
por cada fracción de segundo una mancha nos despierta,
nos hace ver el crimen horrendo
(en el balcón inclinado la tuve coronada de nenúfares
era nuestro tiempo
la mañana de 1987 en que escribí mi primer poema).
sin que ella se diera cuenta.
Ella de espalda a mí, su cabello recibía la luz de la calle
que entraba por la ventana.
otras veces besaba sus cabellos
y todo aquello sin que se diera cuenta ella.
Respiraba la piel de su clavícula sin hacer ruido,
colocaba mi brazo por su cadera, ella se movía un poco,
flexionaba una pierna o movía ligeramente la cabeza emitiendo un gemido
como de aves blancas.
con la única condición de que no la despertara.
Y así era hasta el amanecer; yo llegaba a la bahía
y desde ahí con el sonido del agua la veía alejarse sin prometerme nada.
Missoula, 15 de diciembre de 2005
(Leído en la presentación del libro de poesía HEAUTONTIMOROUMENOS de Miguel Ildefonso. Jakembo Editores, Asunción, Paraguay. 2005)




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